viernes, 22 de junio de 2007

Ciertamente Esteban creía haber dejado todo en orden. Encaramado sobre una débil silla de plástico, pretendía colgarse de una de las vigas que cruzaban el cielo del living-comedor , usando para ello el pantalón de su viejo pijama azul.

Patricia, su esposa llegaría en cualquier momento, por lo que no contaba con mucho tiempo para llevar a cabo su acción.

Patricia y Esteban estaban casados hace dos años y vivían en la casa de los padres de ella. Si bien siempre estaban apurados económicamente, la situación nunca llegó a ser insostenible. Al menos eso no fue lo que motivó al joven esposo a tomar la decisión de suicidarse.

Cualquiera que lo vio aquella mañana nunca lo hubiese sospechado.

Aquel sábado los suegros de Esteban habían salido a almorzar a casa de unos parientes y Patricia había ido a cumplir horario extra a su oficina, en el centro de la ciudad.
La joven nunca supo de las intenciones de su esposo, y tampoco nunca se dio cuenta.

Hasta el propio Esteban se mostraba un tanto confundido con lo que estaba haciendo, pero para él ya era inevitable.

Dos semanas atrás había ido a su pueblo natal a ver por última vez a su madre viuda.
Ahora la recordaba en esa tibia tarde otoñal mirándola desde la ventanilla del bus, mientras ella le agitaba las manos despidiéndolo. Por cierto, algunos kilómetros más allá no pudo contener las lágrimas. Luego se durmió.

También estuvo buscando a una ex novia. Supo que trabajaba en un café con piernas y le hizo una visita. Al entrar al local, él la reconoció inmediatamente por su pelo rojo y su lunar en la mejilla izquierda que parecia simular una lágrima negra. La mujer lucía un vestido corto muy ceñido. Hubo un tiempo en que Esteban fue feliz con ella, y juntos compartieron los sueños propios de la adolescencia.

Pero ella lo cambió por otra.

Esteban pidió un café y quiso hablarle más, pero la pelirroja lo ignoró.
Antes irse, Esteban la miró fijamente a los ojos y le entregó la propina. Ella sin bajar la vista, le tomó la mano y se la apretó suavemente por breves segundos.

El fin de semana recién pasado, Esteban le sugirió a Patricia realizar un gran asado con los amigos más cercanos. Ella estuvo de acuerdo con la condición de que no se emborrachara tanto, y que al menos mantuvieran cierta lucidez como buenos anfitriones. Esa noche, en un momento de efusividad extrema, Esteban regaló varios de sus discos más preferidos.
Y se deshizo de una vez por todas de la discografía de los Rolling Stones.
Su mejor amigo, ebrio y emocionado tomó la guitarra de palo y cantó una versión desgarradora de “Angie”. Esteban quería llorar, pero no pudo. Patricia reía y aplaudía.

Ahora en su cabeza también tenía imágenes inconexas de la cordillera totalmente nevada, un campo sembrado de trigo, una extensa playa de arena oscura, un bosque de eucaliptus y la sinfonía Las Moldavas, de Smetana...

Así divagó Esteban durante varios minutos con la mirada perdida, sumido en sus recuerdos y en su melancolía. El maullido del gato lo hizo reaccionar, y se dio el tiempo para bajar de la silla e ir a darle su alimento, y le llenó su vasija de agua.

Observó que cuando Patricia llegara, probablemente encontraría su cuerpo colgado frente a ella, y para obviar tamaña impresión, se reubicó sobre la silla , de espaldas a la puerta de entrada al living-comedor.

“ …Putas…espero haber sido una buena persona y que de verdad haya merecido esta gran, gran vida” murmuró.

Esteban siempre dijo que moriría feliz. Ajustó el amarre a su cuello. Cerró los ojos y trató de sonreír. Luego saltó.

F.P.

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